Danubio con siete tetas

SERGIO RODRÍGUEZ BLANCO

Mirar Madrid desde Vallecas es como mirar Nueva York desde Brooklyn. Eso le dijo a Stefan el roomie portugués con quien comparte habitación en plena Gran Vía por 20 euros la noche.

Ayer visitó el Museo del Prado. Hoy se ha bajado en el metro Portazgo con el ánimo de encontrar su Brooklyn y camina cuesta arriba por la avenida de la Albufera con la bufanda enrollada en el cuello. De momento, no ve ninguna protuberancia similar a un seno a su alrededor: sólo árboles desnudos y la mole gris del estadio del Rayo Vallecano. Una cara amigable le inspira confianza y Stefan recita la frase que google translator arrojó esta mañana:

–¿Dónde está Parque de Siete tetas?

Le señalan con el dedo que hay que subir mucho más.

En Bratislava, donde vive Stefan, el mirador más famoso se encuentra sobre un puente colgante del Danubio construido en los setenta justo encima de un restaurante de lujo que pretendió convertirse en su momento en un símbolo de la ciudad modernizada. Aunque el lugar ha sido rebautizado hace poco como “Puente nuevo”, la gente sigue llamándolo UFO (las siglas en inglés de la palabra OVNI). Hoy su aspecto es más bien retro, pero sigue siendo visita obligada para cualquier turista que arribe a la ciudad. El ritual se repite con pocas variaciones: subir a noventa metros de altura, tomarse el café más caro en treinta kilómetros a la redonda y encuadrar el castillo (el Bratislavsky hrad) al fondo de una selfie. A Stefan, que es un clásico, no le gusta la arquitectura del mirador porque le recuerda a las historias que le contaron sobre los excesos del pasado comunista. Con el mirador Stefan se siente un poco como Guy de Maupassant, que odiaba la Torre Eyffel pero disfrutaba desayunar en su restaurante porque era el único lugar de París desde donde la torre no podía verse.

El mirador de las Siete tetas se parece al UFO únicamente en que nadie lo llama con su nombre real: Cerro del tío Pío. Por aquí, renombrar las cosas y a las personas ha sido elevado a la categoría de arte. Cervantes era El manco de Lepanto; el pintor Domenikos Theotokopoulos, procedente de Grecia, era simplemente El greco; el expresidente Aznar fue para algunos el del bigote. Con los lugares pasa lo mismo: la torre de Telecomunicaciones, por su forma de chupa chups, se conoce popularmente como “pirulí” y la Torre Colón, coronada por dos clavijas verdes, es el “enchufe”. Es bien sabido que por estas latitudes madrileñas es costumbre usar metáforas obvias y divertidas para todo lo que se deje poner un apodo.

Stefan se tumba en una teta de hierba. Mira al horizonte. En el parque de las Siete tetas hace décadas hubo una fábrica de cerámica que cayó en desuso para convertirse en una escombrera. Aquí se vertieron miles de toneladas de casas viejas demolidas del centro de Madrid. A mediados de los ochenta, la zona se recuperó y los escombros sirvieron de cimiento para sostener siete implantes imposibles de tierra que hoy lucen cubiertos de césped. El paraje está en lo más alto de una zona periférica de la ciudad donde llegan pocos turistas extranjeros. Algunos buscan recorrer el lugar desde donde Antonio López pintó sus panorámicas de Madrid. También cuentan que pocos años atrás algunos politólogos y periodistas visitaban la zona porque sabían que este era el barrio de Pablo Iglesias (para algunos, “El coletas”), el líder del partido de izquierda que con 35 años rompió el bipartidismo en España, convertido hoy en vicepresidente y residente en Galapagar. Quizá en los canalillos de estas siete tetas se halla la explicación de lo que muchos han dicho de este barrio: que Vallecas es a Madrid lo que el poblado galo de Asterix y Obelix (llamado Aldea Irreductible) era al Imperio romano.

Quizá en los canalillos de estas siete tetas se halla la explicación de lo que muchos han dicho de este barrio: que Vallecas es a Madrid lo que el poblado galo de Asterix y Obelix era al Imperio romano.

Stefan mira a través de su réflex. Dispara. Los rascacielos de Madrid que se divisan desde aquí (el “pirulí”, el “enchufe”, las Torres Kio o las Torres Chamartín) no se parecen en nada a Nueva York. Tampoco esto es París. En París no hay cordilleras nevadas al fondo. Stefan deja tranquilo al horizonte y sustituye el teleobjetivo de la cámara por una lente de 35. Ahora le interesa lo que hay en primer plano: familias locales en un picnic invernal sobre la tercera  y la cuarta teta verde. Stefan capta caras españolas, magrebís, latinoamericanas. Todos conversan con la mirada dirigida al espectáculo del atardecer en el horizonte.

Ahoj.

Una conversación en eslovaco de dos rostros alargados y desconocidos lo saca de su ensimismamiento. Se acerca a las dos chicas.

Ahoj, ahoj!

Olvida Madrid y olvida Brooklyn. Olvida las siete tetas. Las chicas son vecinas de la zona desde hace dos años y le cuentan algo de su vida en Vallecas. Recuerdan el OVNI y el castillo. Aunque este paisaje sea completamente distinto a Bratislava, ahora a Stefan le parece que está en una de esas veladas de domingo y de amigos en su barrio, lejos del staré mesto (casco antiguo) de su ciudad.

Sergio Rodríguez Blanco es escritor y periodista